Cuidado, son falacias

Por Nelson Specchia para Hoy Día Córdoba

Cuando el filósofo nipo-americano Francis Fukuyama diagnosticó, en los primeros años 90, que la historia se había terminado tras la caída del Muro y la disolución de la Unión Soviética, fuimos muchos los que largamos la carcajada. Otros, más sutiles, se limitaron a una sonrisa irónica y lastimosa.

Yo estaba entre los que se carcajearon, entre los que afirmaban que eran vanas las postulaciones exitistas expuestas en “The End of History and the Last Man”: que la disputa ideológica había concluido con la Guerra Fría, el triunfo de los EE.UU. y la mundialización del capitalismo liberal. Y digo que fueron más sutiles los de la sonrisa medio tristona, porque ellos quizás advirtieron un fenómeno que a nosotros se nos había escapado: con Fukuyama se podía debatir, pero con sus epígonos posteriores (son legión), que simplificaron aún más y terminaron convirtiendo las tesis historicistas en una sarta de eslóganes vacíos, no se puede ni siquiera debatir. Porque no hay sustancia. Y, encima, esos no-lugares discursiva y filosóficamente vacíos, un par de décadas más tarde llegaron al poder. También en nuestra región latinoamericana y sin moverse un ápice de aquella lista corta del simplismo fukuyamiano aún más simplificado. En ese menú de eslóganes, hay uno que sobresale y al que se apela con una crónica recurrencia: la transparencia, el “open govern”.

Esta postura supone que toda organización que contemple el análisis del choque de intereses o de clases, entronca con alguna de las perimidas ideologías que contaminaron la vida política desde el surgimiento de los Estados-Nación hasta la caída del Muro de Berlín. Y toda concepción ideológica supuestamente conlleva una oscuridad: secretismo, ocultación de motivos, fines e instrumentos con que se gestiona lo público. La celebrada miniserie de HBO, “Chernóbyl”, sobre la explosión del reactor nuclear soviético en los 80, ha actualizado este planteo con las imágenes de la policía política del KGB controlando cada paso y cada línea, inclusive a los ministros del politburó y al secretario general de la URSS (Mikhail Gorvachev, por entonces). Y, como se muestra allí, las responsabilidades diluidas entre los “apparátchiks” por esta metodología opaca pudieron llegar a poner en riesgo la vida humana y social en un continente entero. Frente a ese monstruo que vendría del huevo de la serpiente de la ideología, los entusiastas del capitalismo renovado, con sus camisas celestes sin corbata; su veganismo filobudista y sus bicicletas de aluminio, pregonan la transparencia, como si fuese una religión “low cost” emergente de la biblia fukuyámica.

Admito que mis carcajadas de entonces fueron desmesuradas y que no tuve la suficiente sutileza para captar el tamaño de la avanzada neoconservadora que generaría, pero vengo desde entonces intentando dilucidar algunas de las falacias que se esconden en los supuestos de esa formulación simplista. Y ahora que el país encara un nuevo tiempo electoral, veo cómo resurge en los discursos una vez más. Escucho que la alternativa será capitalismo versus socialismo; república versus autocracia; democracia transparente versus corrupción ideologizada: ojo, cuidado, son falacias. La supuesta transparencia no es garantía de buen gobierno; no es la vía hacia una nueva forma de hacer las viejas cosas; no garantiza la ausencia de corrupciones enquistadas en las estructuras públicas; y, por sobre todo, no es la manifestación de la superación de las confrontaciones ideológicas porque ella misma es, en su centro y radicalmente, una ideología.

Hace un par de años, en esta columna utilicé una novela de Ray Loriga (“Rendición”, Premio Alfaguara 2017) para mostrar cómo la transparencia se intenta instalar entre nosotros como imperativo moral, como un símbolo sin el cual una sociedad se siente en falta. Ante esa prédica pseudo calvinista de que debemos ser cristalinos, Rey Loriga dibuja una distopía futurista en que la ciudad es de cristal: todo es transparente (los despachos del gobierno, pero también las casas, sus baños, los inodoros de los baños, las duchas, las camas matrimoniales), porque el que no muestra todo es porque tiene algo que ocultar.

Si la fábula de Loriga no alcanza para zamarrear la conciencia y poner en evidencia la índole engañosa de ese sermoneo de moralina reaccionaria, se puede intentar con otra excelente novela, que escarba en su reverso: en lo cerrado. Mi estimada amiga Lilia Lardone escribió “Puertas adentro” en los mismos años en que Francis Fukuyama publicaba “El fin de la historia y el último hombre”. Después de varias reediciones, hace poco Karina Fraccarolli la ha rescatado y vuelto a publicar en su sello cordobés, Comunicarte. La moral ultramontana de la familia de la pampa gringa que retrata Lilia Lardone, aquellas máximas de que los trapitos sucios se lavan en casa; los honores se salvan con la expulsión de la deshonrada; o de que “el lugar de la mujer está en la casa, puertas adentro, ecco”, evidencian cuáles son realmente las cosas que no vale la pena ocultar, porque sólo generan dolor y delirio. Y, por contraste, que la marketinera premisa de que todo esté transparentemente a la vista sigue siendo una manera de mostrar el alfiler, para aprovechar la ocasión y pasar los elefantes por atrás.

21 de junio de 2019

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link a la nota: https://www.hoydia.com.ar/columnistas/58-cuaderno-de-bitacora/12219-cuidado-son-falacias.html




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