Émula del tiempo

Por Nelson Specchia para Hoy Día Córdoba

Acabamos de asistir al primer evento artístico simultáneamente global: Game of Thrones cerró su octava y última temporada con una visión planetaria. Nunca antes había pasado, pero este nuevo escalón será la plataforma de escalada y a partir de ahora tendremos cada vez más eventos similares que convoquen, a partir de un buen argumento literario ficcional y una superproducción visual, a un público planetario.

Las condiciones que lo han hecho posible tienen una base tecnológica en primer lugar; desde la producción fílmica hasta los métodos de transmisión y visualización que han permitido la simultaneidad del estreno. Ya circulan los videos que muestran el “backstage” de las filmaciones, que pusieron sobre la mesa una ambientación muy cuidada y la grabación de escenas en condiciones de realismo extremo (en ambientes inhóspitos, helados, nevados, incendiados, anegados...) en orden a generar un nivel alto de credibilidad para una historia que, en última instancia, replica algunos de los lugares comunes tradicionales de la literatura fantástica.

Pero este “topos” de los cuentos clásicos (lucha del bien contra el mal, celos, egoísmo, sacrificio) tiene una vuelta de rosca en las novelas de George Raymond Richard Martin (GRRM, para sus seguidores, que son legión) “Canción de hielo y fuego”, que son la base de los guiones cinematográficos de la serie. Ese agregado que las ha convertido en el primer fenómeno ficcional global está en la hábil mezcla entre fantasía pura (los dragones, los Caminantes Blancos, las brujas del Señor de la Luz) con historia documentada y con teoría política. De una manera similar a la Tierra Media creada por J.R.R. Tolkien para “The Lord of the Rings”, el universo geográfico ficcional de Westeros imaginado por GRRM es completamente posible y comparable con nuestra realidad objetiva. Y esta relación geográfica se reproduce en lo social, lo económico, las complejidades de interacciones al interior de las unidades políticas (soberanas o no), y en las relaciones entre ellas.

GRRM es un lector atento a la literatura de aventuras, a la ficción especulativa, a las grandes fantasías épicas de las leyendas artúricas y los dramas shakesperianos. Como miembro de ese extenso clan, ha leído también a Miguel de Cervantes; por eso es muy probable que del “Quijote” haya tomado aquella orientación del Manco de Lepanto para sus lectores y para quienes, como él, se dieran a elucubrar cuentos que abreven en la imaginación y en la historia: que ésta es “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente, advertencia de lo por venir”. Y es esa conjugación de elementos ciertos y fantásticos la clave de lectura del éxito de Game of Thrones (como, sin la revolución tecnológica de las comunicaciones y de nuestras superproducciones visuales, lo fueron en su momento las aventuras del Ingenioso Hidalgo): usar de todas las historias para escribir la propia historia.

Llena de polémicas, de grupos de discusión, hasta de petitorios internacionales (la página de Change.org va recabando más de medio millón de firmas en todo el mundo de gente disconforme con el final de la serie, que peticiona que la cadena HBO vuelva a filmar el final de una manera diferente), Game of Thrones ha mostrado, durante ocho años y 73 episodios, algunos de los sueños recurrentes –y muchos de los miedos- que nos contienen como sociedad política. David Benioff y D. B. Weiss, los dueños de los derechos fílmicos de las novelas de GRRM, se encargaron a dúo de escribir el guión y dirigir la puesta en escena del último capítulo de la película más vista en simultáneo en la historia, e inauguraron con ella una nueva versión de la globalización cultural.

He usado en mis cátedra de política internacional, más de una vez, los argumentos de “Canción de hielo y fuego”; creo que este capítulo final y la conclusión de la historia que hemos visto conjuntamente durante ocho años seguirá dando material para ejemplificar nuestros intentos de comprensión teórica del poder: no son las grandes soluciones espectaculares las que equilibran las balanzas, sino, muchas veces, las que parecen mediocres por su ecuanimidad. No fue el rey malo, ni el rey bueno, ni la reina bella y utópica, ni la reina bella y malvada: fue Bran Stark, el paralítico, el que se quedó con el gobierno. Y con un gobierno imperfecto, incompleto, como son los gobiernos humanos: no hay trono (ese trono por el que todos se pelearon y que terminó fundido); no son Siete Reinos (ya sólo quedan seis); no tendrá descendientes a quienes legar lo que acumule; deberá compartir la punta de la pirámide con otros poderosos (y con un intelectual taimado y enano). El Trono de Hierro, hecho de espadas conquistadas, se transformó en una silla de ruedas. La bella Daenerys, corrupta por la suma del poder absoluto, quería “romper la rueda” del sistema; pero el sistema se apoya en esas ruedas, como la silla de paralítico del nuevo rey (electo). Y el inteligente enano, Tyrion, el ministro y el ideólogo, cierra el cuento con una verdad que todos reconocemos cierta: “¿Qué une a la gente? ¿El oro? ¿Los ejércitos? ¿Las banderas? No: las historias. No hay nada más poderoso que una buena historia. ¿Y quién posee historias mejores que Bran, ese chico que como no podía caminar, aprendió a volar?” Novelas, cuentos: historias de la Historia, émulas del tiempo, testigos, ejemplos y avisos. Pura política, y mucho de poesía.

21 de mayo de 2019

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