Acorralar voces críticas: el nuevo presidencialismo mexicano

Por Carlos Castillo para Diálogo Político

Podría ser en las próximas semanas que, mediante la figura constitucional de «revocación de mandato», López Obrador abra la puerta a la reelección en México, siguiendo así la ruta del populismo latinoamericano.

Bastaron apenas cuatro días para que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en una doble operación precisa y bien instrumentada, diera pasos firmes hacia un centralismo en el que la figura presidencial pretende instalarse por encima de cualquier contrapeso que busque acotarla, incluida la labor crítica de la poca prensa libre que ha alzado la voz contra una tendencia que peligrosamente se aproxima al autoritarismo democrático. [1]

La estrategia comenzó con la aprobación, el jueves 14 de marzo, en la Cámara de Diputados, de los cambios a la Constitución que permitirían la figura de revocación de mandato, ardid con el que el propio Andrés Manuel podría aprovechar sus altos niveles de popularidad para influir en los resultados de las elecciones intermedias de 2021, en busca de una mayoría absoluta en el Poder Legislativo y que, eventualmente, abriría la puerta a la reelección presidencial en 2024.

Como una hoja de ruta inaugurada por Hugo Chávez en 1999, y emulada por Evo Morales en Bolivia y por Rafael Correa en Ecuador, el camino que emprende López Obrador sigue al pie de la letra las maniobras legales para perpetuarse en el poder que han de sobra demostrado no solo su perversa efectividad sino, sobre todo, una neutralización paulatina de equilibrios y detractores que lleva a la eliminación de la democracia.

Ese mismo día, el Ministerio de Hacienda, a través de su Unidad de Inteligencia Financiera, presentó una demanda ante la fiscalía de delitos electorales contra quien resultara responsable por la serie producida por Nacional Geographic, Populismo en América Latina, a la que calificó de «campaña negra» durante el pasado proceso electoral de 2018.

Y también ese 14 de marzo —ingenuo considerar coincidencia alguna—, apareció en un diario de la Ciudad de México un extenso reportaje en el que se señala al intelectual Enrique Krauze, uno de los más enfáticos y atinados críticos de López Obrador, como parte de un supuesto complot que intentó descarrilar la campaña del hoy presidente del país.

De la mano, la publicación de las memorias de la coordinadora de esa campaña, a cargo de la hoy diputada Tatiana Clouthier, y las declaraciones de un supuesto colaborador del Krauze, han demostrado una velada estrategia de descalificación y amedrentamiento contra quien que desde hace años ha dedicado no pocos textos, reunidos los más importantes en El pueblo soy yo (Debate, 2018), a señalar el peligro autoritario del populismo lopezobradorista.

Perversa estrategia pues la de atacar desde diversos frentes y en cuestión de horas a un crítico autorizado y reconocido. Más perverso aún el mensaje que entre líneas o veladamente afirma que se utilizará el poder del Estado para ir en contra de quien intente señalar los atentados contra la democracia que el gobierno mexicano y su partido perpetran de manera cotidiana: si es posible denostar al principal de los intelectuales, quienes se encuentran en una segunda o tercera línea saben a qué atenerse. El poder, en suma, que se ejerce demostrando su potencialidad y sus alcances.

Una última declaración de López Obrador, en esa secuencia estratégica y a todas luces programada, fue el afirmar el final del modelo neoliberal en México el pasado 18 de marzo, que a partir de lo demostrado en los primeros tres meses de gobierno apunta a desmantelar el orden democrático para reemplazarlo por uno centralista y presidencialista, que se acerca de manera peligrosa al autoritarismo y que busca marginar cualquier disidencia o voz crítica que intente oponerse, reducir contrapesos de la prensa libre y de la sociedad civil, y centralizar en la figura del presidente la totalidad de la toma de decisiones.

Será en las próximas semanas que el Senado mexicano avale o rechace la pretensión presidencial de someterse en dos años a una falsaria y alevosa revocación de mandato. Y, en palabras del propio Krauze: «mientras esto ocurre, un puñado de senadores tiene en sus manos frenar lo que podría abrir la puerta a la reelección del titular del Ejecutivo».

Nota:

[1] Sobre el término autoritarismo democrático y su manifestación en los regímenes populistas de nuestro tiempo, véase Del fascismo al populismo en la historia (Taurus, 2018), de Federico Finchelstein.


20 de marzo de 2019

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