Políticas democráticas versus neoliberales y populistas

Por J. Emilio Graglia para Diálogo Político

La confianza ciudadana ha sido y sigue siendo el tesoro de nuestras democracias. Sin esa confianza ciudadana, las democracias representativas y republicanas son un continente sin contenido o, dicho en otros términos, una forma sin fondo.

La mala política (ni vieja ni nueva, mala) ha perdido las llaves de ese tesoro. La buena política (ni nueva ni vieja, buena) debe buscarlas. A lo largo y a lo ancho de América Latina, eso es innovar la política: encontrar o reencontrar las llaves que abren el tesoro de la confianza perdida. Nada más y nada menos. De eso depende que las democracias formales sean, también, democracias reales, que los ciudadanos voten y, sobre esa base, que las personas mejoren la calidad de sus vidas.

Hoy por hoy, la gran mayoría de los latinoamericanos desconfía del Poder Ejecutivo (Gobierno) y del Poder Legislativo (Congreso o Parlamento). Tampoco confía en el Poder Judicial de sus respectivos países. Según las mediciones de Latinobarómetro (2018), apenas el 22 % confía en el Gobierno y el 21 % confía en el Congreso o Parlamento, mientras que solamente el 24 % confía en el Poder Judicial. A lo dicho sobre la inmensa desconfianza en los tres poderes del Estado, hay que agregar que el 79 % de los latinoamericanos perciben que sus respectivos países están gobernados por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio.

Desde nuestro punto de vista, en América Latina la desconfianza ciudadana constituye una de las resultantes del péndulo entre el neoliberalismo y el populismo. Los países latinoamericanos han oscilado de un extremo a otro, sin solución de continuidad. Los defectos de los gobiernos neoliberales dan lugar a los populistas y, a su vez, los excesos de los gobiernos populistas dan lugar a los neoliberales. Aquellos ajustan los gastos porque estos derrocharon los recursos y, paradójicamente, estos derrochan los recursos porque aquellos ajustaron los gastos. Este vaivén de fracasos y frustraciones ha sido muy dañino para la eficiencia económica y el bienestar social de nuestros países.

La crítica al neoliberalismo no va en contra de la economía de mercado. En rigor, esta admite dos enfoques diferentes: la economía liberal de mercado y la economía social de mercado. Una cosa es aceptar al mercado como forma de organización económica de la sociedad y otra, muy distinta, es atribuir su configuración política y social a las fuerzas de la oferta y demanda de bienes y servicios. No se trata de negarlas, sino de regularlas legalmente, para que la libertad económica no provoque deslegitimación política ni inequidad social. El neoliberalismo profesa la economía liberal de mercado. Desde el humanismo cristiano, en cambio, adherimos a la economía social de mercado [1].

Asimismo, la crítica al populismo no va en contra de la noción de pueblo. Al contrario, es una reivindicación de lo popular. En los dichos, el populismo enaltece al pueblo. Pero, en los hechos, lo envilece. El pueblo es una comunidad organizada de personas que, a partir de sus diferencias, logran coincidencias. Por el contrario, para los populismos, el pueblo es una masa uniforme de individuos que siguen a un líder o caudillo, condenando al resto a la categoría de antipueblo. No hay coincidencias y diferencias: están ellos y los otros, sus enemigos. El populismo profesa la confrontación militante. Desde el humanismo cristiano, por el contrario, adherimos a la búsqueda del bien común [2].

El neoliberalismo al que criticamos promueve un Estado ausente, que se desentiende de las necesidades sociales, y una sociedad individualista, que elimina a la comunidad. El pragmatismo neoliberal desprecia o menosprecia los valores. El neoliberalismo cree en el derrame de los ricos como fórmula de desarrollo y en la eficiencia privada como la solución a todos los problemas. El formalismo neoliberal limita la representación a las formas de las instituciones representativas republicanas, es institucionalista. Finalmente, para los neoliberales la democracia parte del mérito de los individuos y termina aceptando las inequidades sociales como algo natural, al no garantizar igualdad de oportunidades.

El populismo al que criticamos propicia un Estado omnipresente, que se adueña de las necesidades sociales, y una sociedad corporativista, que suprime a la persona. El dogmatismo populista impone sus valores. El populismo confía en el asistencialismo a los pobres como fórmula de desarrollo y en el designio mesiánico como la solución a todos los problemas. El personalismo populista restringe la representación a la voluntad del mandamás de turno, es voluntarista. Finalmente, para los populistas, la democracia parte de los deseos o intenciones del líder o caudillo y termina admitiendo la obsecuencia política como algo lógico, al no garantizar la libertad de divergencias.

Frente al neoliberalismo y al populismo, es necesario y urgente innovar la política para recuperar la confianza perdida. Hay que rescatar un Estado responsable y recobrar una sociedad partícipe. Hay que practicar los valores del bien común: verdad dialogada, libertad responsable, justicia reparadora y solidaridad comprometida. Hay que gestionar el desarrollo sostenible y solucionar los problemas prioritarios: ineficiencia económica, corrupción política, debilidad institucional y anomia social. Hay que refundar las relaciones entre representantes y representados, como mandatarios y mandantes, y lograr una democracia receptiva, con gobernantes sensibles y efectivos y con gobernados convencidos de sus principios y realizaciones.

13 de febrero de 2019

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